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23 Feb

Donde el miedo se convierte en arte: una crónica de la narración oral de Julio Cuentacuentos

Por Mojica González Ximena Nayeli

En los pasillos del Palacio de Minería se respiraba el olor a papel nuevo y se escuchaba el susurro interminable de miles de lectores.

Cruzar el umbral del salón fue como entrar en otra dimensión: el tiempo dejó de medirse en minutos para medirse en latidos. Julio Serralde ya no era un hombre sobre una tarima; se convirtió en el dueño de las pesadillas. Con sus movimientos alrededor de la habitación, Julio se apoderó del aire, como si le perteneciera solo a él.

Antes de dar inicio, el narrador rompió el hielo con una actitud tan calmada que incluso resultó inquietante. Con postura firme y un lenguaje corporal fluido, hizo contacto visual con todos los asistentes, quienes se sintieron obligados a sostenerle la mirada.

Entonces, formuló una pregunta que dejó al público indefenso: “¿Por qué nos gustan tanto los cuentos de terror?, ¿por qué nos encanta ese suspenso, ese momento de erizarnos la piel, de sentir que alguien se nos aparece por detrás?… Quizá porque nos recuerda lo frágiles que somos como humanos”.

Tras el cuestionamiento, el silencio se volvió denso. El tono de voz de Julio empezó a variar; sus diferentes matices hacían imposible desviar la mirada o perderse un sólo gesto del presentador.

Al relatar la historia de tres hermanos herederos de una fortuna incalculable y una oscuridad compartida, la voz de Serralde transportó a la audiencia a otro palacio, cargado de una ambición muy real.

El narrador relató cómo los secretos arrastraron a los hermanos a un juego macabro: una poda silenciosa de su propio linaje donde la fraternidad familiar se canjeaba por oro, y cuya única regla era que sólo uno de ellos podía quedar en pie para reclamar el botín.

En el clímax de su interpretación, la pasión de Julio se desbordaba en cada gesto. Sus manos dibujaban el aire y sus movimientos expresaban tal fuerza que la escenografía del salón resultaba innecesaria; su cuerpo era el único decorado que necesitábamos. Tenía la capacidad de arrastrar la imaginación de sus oyentes al abismo de aquellos hermanos y de conducirla por cada rincón oscuro de su palacio, hasta provocar escalofríos en los asistentes.

Al finalizar la interpretación del relato, el hechizo se rompió para dar paso a la gratitud. El ambiente de tensión se disolvió en una ovación cerrada; los aplausos fueron el claro reconocimiento de su talento para captar la atención.

Con la misma fluidez con la que narraba horrores, el orador pasó a la convivencia, se tomó fotografías con los jóvenes, repartió saludos a las señoras que antes contenían el aliento y regaló libros de cuentos para los más pequeños. Aquel dueño de las pesadillas volvía a ser hombre, dejando en el Palacio de Minería el eco de una tarde donde el terror, paradójicamente, unió al público.

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